En el poco tiempo del que disponía, proporcionó cuantos detalles pudo sobre los acontecimientos que siguieron a la expedición de Turín y que, en última instancia, habían propiciado el momento que ahora vivían. Les contó cómo, once años después de la expedición, un miembro del equipo, el profesor Harold Goodman, le había telefoneado pidiéndole que fuera a la UCLA para ser testigo del descubrimiento que había hecho relacionado con la Sábana.

– El profesor Goodman -dijo Decker- halló, entre las muestras que se habían obtenido de la Sábana, un grupo minúsculo de células epiteliales humanas. Para mi asombro… -Decker hizo una pausa. El recuerdo de lo que había visto entonces, tantos años atrás, aún le sobrecogía-… las células de la Sábana seguían vivas. -Para algunos de los presentes, esta pieza del rompecabezas y la resurrección de Christopher eran todo lo que necesitaban para ver el increíble cuadro al completo, pero a pesar de la más que audible reacción de asombro, nadie habló-. Después de varias pruebas, se demostró que las células tenían una increíble capacidad de adaptación, además de poseer una serie de características únicas -continuó Decker-, Los cultivos de estas células fueron los que el profesor Goodman utilizó para su investigación sobre el cáncer.

»Tiempo después me enteré de que, por aquel entonces, el profesor Goodman ya había realizado varios experimentos con las células -Decker hizo una pausa como para darles tiempo a los periodistas a agarrarse fuerte-, incluida la implantación del ADN de una de ellas en el embrión de un óvulo humano no fertilizado, que luego volvió a introducir en la donante… clonando, de este modo, a la persona cuyas células habían quedado prendidas en la Sábana. Como resultado de aquella clonación nació un niño varón.

Para los que no se lo habían figurado ya, la revelación les proporcionó la pieza que faltaba; para los que lo intuían, fue la confirmación definitiva. Christopher Goodman era el clon de Jesucristo.



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