
Se oía el furioso, inagotable y sostenido tecleo de la Underwood.
Modesto reconoció en el tableteo la inspiración en toda regla, y se imaginó la cabeza de Paco Cortés como una rotativa que imprimía a gran velocidad su fecundo pensamiento, dirigido a ordenar el mundo conforme a leyes más sagradas que las de la justicia. El, como abogado, no creía nada en la justicia. En cambio sentía hacia la vida y sus arcanos un respeto atávico. Por esa razón admiraba a Cortés…
– Paco, no me has dicho todavía cómo la vas a titular.
– Los negocios sucios del Gobernador, y espera a que termine -oyó que suplicaba su amigo sin dejar de teclear.
– Yo creo que la censura no te va a pasar ese título.
– Ya no hay censura, Modesto.
Era abogado y pese a ello a veces se olvidaba de que Franco había muerto. La costumbre. En los Juzgados las cosas seguían más o menos como siempre. En algunos, en los que ya había desaparecido la fotografía del dictador, ni siquiera se habían tomado la molestia de quitar el crucifijo.
Delley no podía cargarse a ninguno de los hombres del señor Austin, siendo como eran policías. Hubiera podido hacerlo porque los lectores sabían a esas alturas que Olson y todos los demás estaban untados de porquería hasta las barbas, pero no era una buena idea acabar una novela privando a una ciudad como Detroit de un departamento de policía más o menos respetable. Depuraría la Jefatura, pero tendría que dejar a alguien velando por los probos ciudadanos que pagan sus impuestos. Así se lo había dicho siempre su editor, el señor Espeja el viejo, sobrino del señor Espeja el muerto y padre del joven Espeja: «Si quieres hacer novelas en las que salgan policías fascistas, escribe novelas sociales.
