
– Dime una cosa, Olson -dijo Delley-. ¿Ha muerto Ned?
– Para siempre.
Paco podía no ser un tipo duro, pero era un novelista duro, y retomaba el hilo como el cirujano su bisturí, después de haber almorzado opíparamente.
El amigo Ortega fue a sentarse a un angosto salón. No le escoció que Paco Cortés le hubiese mandado callar. Comprendía que ciertas cumbres sólo podían coronarse en silencio.
Se tumbó el abogado en un sofá cuan largo era, sin quitarse el abrigo, como había hecho Delley con su arrugado impermeable la mañana en que se encerró en el apartamento. Pero Modesto Ortega ignoraba aún lo que hubiera o no hecho Delley en aquel cuartucho de un edificio de St. Ángel Street, en la parte sur de la ciudad, aunque iba a ser por poco tiempo: él era el primer lector de las novelas de su amigo y cabría decir su mejor crítico, si no fuese porque jamás le criticaba nada. Las encontraba portentosas, un milagro, como el relámpago metiendo su espada entre las nubes.
Encendió el televisor. En aquella habitación hubiera podido ocurrir cualquier crimen encarnizado y violento, a tenor de los muebles, los cuadros, el sofá y los sillones.
– Paco -le dijo una vez más su amigo Modesto-: ¿No te da dolor de cabeza ese papel de la pared?
Se refería a unas flores del tamaño de coliflores que trepaban desde los rodapiés hasta el cielo raso, en colores vináceos.
– Sabes que todo esto es provisional, me lo han alquilado así -le respondía el novelista-. Cualquier día hago las maletas y me vuelvo con Dora.
– Llevas diciendo lo mismo hace dos años.
Modesto miró el televisor, encopetado con una figura de alabastro verde, representando a un chino que porteaba dos pozales pendientes de una cuerda.
– Baja el volumen -le ordenó su amigo desde el despacho.
Hablaban de una sesión de las Cortes. Como era habitual en los últimos años, el locutor aseguraba que aquélla era una sesión histórica. Apareció un tipo que subía a la tribuna de oradores, mientras otros entraban y salían sin importarles demasiado nada de lo que allí estaba sucediendo.
