
Paco Cortés no podía sufrir a su editor, pero llevaba con él diecisiete años. Había congeniado más con Espeja el muerto, pero con Espeja el viejo, no, nada.
La gente tiene una idea muy equivocada de los editores. Acaso les imaginan preocupados por la cultura y los problemas trascendentales, esa clase de hombres sensibles que en cuanto pueden apoyan la cabeza en la mano y les da por ponerse pensativos y melancólicos como los ilustrados, manoseándose la quijada. Espeja, conocido por empleados, suministradores y clientes como Espeja el viejo, para distinguirlo de Espeja el muerto y de Espeja hijo, había heredado un negociejo pasable que consistía en fabricar libros técnicos, enciclopedias del hogar, formularios para oposiciones a funcionarios del Estado y novelas rosas, novelas del oeste y novelas policíacas para los kioscos y las librerías de los Ferrocarriles Españoles. Prebenda esta última del Régimen pasado. Y por lo demás nunca estaba melancólico, sino de pésimo humor, convencido de que su empresa vivía cada minuto el último de una heroica historia empezada en 1929 por su tío Espeja el muerto o «mitío-que-en-paz-descanse», como gustaba llamarle.
– ¡No eres más que basura, Olson!
