
El grito de Paco, que podría referirse también a Espeja el viejo, se oyó en toda la casa, y Ortega, que se había quedado traspuesto, se despertó sobresaltado.
El diputado de las Cortes era otro. Desfilaban con el sonido quitado. Algunos, después de dejar su voto, en vez de volver a su escaño, se salían al pasillo.
Conocía bien aquellas explosiones del genio. Sabía que cuando Paco Cortés gritaba de ese modo estaba a punto de ocurrir algo grande, único, sublime. Se acercó con sigilo. Encontró al novelista entregado a los momentos más gloriosos de todo el proceso. Paco Cortés vivía aquellos finales con verdadera excitación. No podía evitarlo. Comprendía que era absurdo. Pero sucumbía a sus propias tramas. Se ponía nervioso, no aguantaba en la silla cinco minutos seguidos, se levantaba, soltaba una carcajada, encendía un cigarrillo mientras seguía encendido otro en el cenicero, batía palmas, gritaba a sus personajes como si fuesen de carne y hueso, toma, toma, clamaba, enardecido, gritaba, genial, es genial, y volvía a sentarse, escribía otro folio, descolocaba las cosas del escritorio, comía el resto de la tortilla que había dejado Poirot, se llevaba a los labios por enésima vez el vaso de whisky que llevaba sin whisky hacía lo menos dos horas, lo que estaba a un lado de la mesa lo desplazaba al otro, sus diccionarios, las novelas inglesas en las que de vez en cuando se inspiraba o de las que plagiaba tal o cual episodio, las cambiaba de sitio, a veces las devolvía a las estanterías del pasillo, seguro ya de no necesitarlas más, y se jaleaba como un niño…
Buscó Cortés en el montón de cuartillas una, y escribió en ella, entre dos líneas mecanografiadas, con el bolígrafo: «En el apartamento de Dora encontró el sobre con las fotografías que inculpaban al señor Austin…».
En las novelas policíacas todo debía ajustarse, y si no, se hacía que se ajustara. Una novela policíaca es como una contabilidad escrupulosa, y los arqueos deben cuadrar, y para eso el buen novelista policiaco tiene como mínimo un par de ases en la manga. Son como los tahúres. Eso lo sabe todo el mundo, pensaba Cortés, desde Poe hasta Conan Doyle, pasando por Agatha Christie. Así que volvió cincuenta holandesas atrás, se sacó de la manga su propio as y lo deslizó por debajo de la puerta, en forma de sobre con unas fotografías comprometedoras, sin el menor escrúpulo.
