No eres más que una basura, Olson repitió en voz alta cortés.

Olson, que vio asomar el sobre, preguntó, apuntando con el arma aquel trozo de papel.

– Qué treta es esta, Delley?

Los diálogos solía Cortés soltarlos en voz alta, para hacerse una idea de cómo sonaban, al mismo tiempo que tecleaba con furia sobre la máquina.

No es mala foto, Olson. Tú has salido bien, pero yo juraría que esa zorra no es tu mujer.

– Delley, ¿qué pretendes? Eres una rata.

Delley reportó su ira, apretando los dientes, y rugió como si no hubiera oído:

Olson, cálmate. Tú mujer será comprensiva. La chica es una verdadera monada.

Modesto Ortega volvió a tumbarse. Iba para largo

Paco Cortés necesitaría, como mínimo, dos holandesas más. No le gustaba en absoluto esa solución, porque Espeja el viejo era terminante. Pagaba a seiscientas pesetas la holandesa, hasta las ciento veinte primeras, pero a partir de esa cifra no desembolsaba ni un céntimo más. «Es un problema tuyo solía repetir, yo tendré que gastarme mas papel y no puedo subir el precio de cada ejemplar. Da gracias a que no meto la tijera y podo como habría hecho mi tío que en paz descanse; entonces los editores sí tenían lo que teman que tener» Maldijo Cortés a su patrón imaginando su respuesta, pero arrostró las dos holandesas sin que le doliesen prendas. La novela quedaría terminada. Era un escritor. O eso se repetía a menudo, pesara a quien pesara. A Dora en primer lugar. Se lo había dicho muchas veces: tienes que entenderlo, amor mío los escritores tenemos estas cosas, estos inconvenientes, como si dijéramos. «¿Me estás diciendo que todos los escritores se lían con una furcia?», fue lo que Dora le pregunto, furiosa. Y Paco contestó entonces, con absoluta seriedad: «Casi todos. Al menos alguna vez. Lo da el arte».



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