
– ¿Terminas, Paco? -preguntó Ortega en voz baja, detrás de él. Su amigo no le oyó.
Se empleaba con frenesí en las últimas frases: Delley, vivo; Olson, vivo; Evans, Emerson y el resto de sus ayudantes, vivos. Pero al señor Austin no le libraría nadie: un villano como él tenía que morir de un balazo entre ceja y ceja. Haría que una bala le besase el cráneo. Se le pegaba el estilo de los clásicos. Fue Olson quien se lo quitó de en medio. Con la misma pistola con la que había matado a Dora. Luego simuló el suicidio. Le cargarían la muerte de la muchacha. A Olson ya le arreglaremos las cuentas, pensó Cortés. En la próxima novela. Sería por novelas. Aquellas últimas frases sonaron en la cabeza de su creador como los acordes de una apoteósica sinfonía que va a dar paso a una cerrada salva de aplausos.
Pero no se oyó nada. La casa estaba en silencio. Era una casa triste, con más habitaciones de las que precisaban él y su gato, con poca luz, sin otros muebles que los que la dueña de la casa le había alquilado, pasados todos de moda, maltratados por el uso de anteriores inquilinos, lámparas como para ahorcarse de ellas, armarios de luna entera para ponerse cada mañana el fracaso diario, y mirárselo uno bien, el fracaso con forro de aburrimiento, y el sofá en el que estaba tumbado su amigo Modesto, mirando un televisor todavía en blanco y negro que parecían haber encontrado en la basura. Modesto Ortega debía de haberse quedado dormido otra vez. Lo hacía siempre. En cuanto se descuidaba, se le cerraban los párpados y descabezaba un sueñecito, incluso de pie. El decía, pidiendo un poco de comprensión: es la medicación que tomo. No se sabía para qué tenía tanta prisa por ir a la tertulia, cuando se pasaba la mitad de ella dormitando.
