
– ¿Qué tiene que ver eso de dormirse con cometer un Crimen Perfecto? -dijo Ortega como si le leyese el pensamiento a su amigo.
– ¿Tú serías capaz de cometer un crimen, Modesto?
– Todos cometeríamos un crimen alguna vez, si nos garantizaran el anonimato y la impunidad. Yo mismo…
– No presumas, Modesto. Tú eres incapaz de matar un mosquito…Además, con ese nombre. ¿Y ayudarías a un asesino? ¿Lo encubrirías?
– Soy abogado, Paco. La duda ofende: sí, si fuese mi cliente, y no, si no lo fuese. Creo muy poco en la justicia, pero mucho menos en los asesinos.
Ortega se quedó traspuesto de nuevo, de modo que no hubiera podido asegurar si el diálogo anterior había tenido lugar o lo había soñado, pero lo cierto es que, lo creyera o no Cortés, él sería capaz de cometer un crimen, como el resto de los mortales, si le asistiese un móvil razonable y contase con la víctima adecuada en el lugar preciso, con la adecuada coartada y la discreción atenta de la policía.
Lo había pensado muchas veces. Moralmente razonable, sí. ¿Moralmente? Sí, eso dijo Modesto Ortega. No había más que esperar. Empieza a pensarlo. Soñaba.
– ¿Modesto?
Le respondieron por él desde el cuarto de la televisión unos profundos, serenos y líricos ronquidos.
FIN. A Francisco Cortés le gustaba rematar con esa rotundidad sus novelas, por si quedaba alguna duda, aunque no era ésa la última página que escribía, sino la penúltima, ya que reservaba ese privilegio a la primera. Manías de novelista. Nombre y título de la obra. Metió en la Underwood una holandesa impecable. Le gustaba aquel trozo de papel inmaculado. Era la página que menos le costaba escribir y en cambio cobraba por ella lo mismo que por el resto. Los negocios sucios del Gobernador. Subió cuatro espacios en el carro, centró a ojo esa línea con los tabuladores respecto de la que acababa de escribir, y reflexionó un momento. Puso Samuel Speed. Con dos dedos. Siempre escribía con dos dedos, a una velocidad endiablada, como si disparase a dos manos una ametralladora. Una M32 soviética de tambor basculante.
