Tenía muchos otros seudónimos donde elegir: Fred Madisson, Thomas S. Callway, Edward Ferguson, Peter O’Connor, Mathew Al Jefferson, Ed Marvin Jr. y una docena más que utilizaba caprichosamente.

Nunca había firmado nada con su nombre. ¿Quién iba a comprar una novela policíaca escrita por alguien que se llamara Francisco Cortés, separado, que llevaba una vida patética y vecino de Madrid en una casa sita en la calle Espartinas? Espeja el muerto había sido de la misma opinión, lo era Espeja el viejo y lo sería Espeja hijo, andando el tiempo y si la suerte no le mejoraba. Y si aún hubiera tenido la audacia de cargar con tal nombre, ¿quién iba a creer que alguien al que seguramente llamarían Paco iba a tener conocimientos sobrados para hablar de Chicago, de Detroit, de Londres, de Nueva York o de cualquiera de esas oscuras provincias francesas, en las que, a la manera de Simenon, había desplegado sus tramas? Cierto que podría trasladar los argumentos a Madrid. Pero era una cuestión de crédito, lo más importante en el arte de novelar. Porque también eso estaba más que excusado: ¿Quién iba a creerse que en un lugar como Lavapiés sucedieran crímenes como los de Nueva York, Londres, Chicago o Marsella? No. Hammett y Chandler, esos sí que sabían matar a conciencia. Ocho, diez, doce muertos por novela. Sin ningún problema, esperando la lógica, el tesón, la agudeza que resolviera el caso. Y qué ojo. Ellos sí tenían ojo para todo. Ahí estaba el detective de Bay City Blues, capaz de ver por la noche como los buhos. Estaba buscando un revólver caído entre la pinaza de un bosque. Noche cerrada. Ni una luz. Ni una linterna. Ni la brasa de un cigarrillo. Al fin lo descubrió medio enterrado, antes de agacharse y recogerlo, vio que «una hormiga se arrastraba a lo largo del tambor». Los clásicos son geniales.



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