– ¿Quiénes son? -preguntó Modesto Ortega que acariciaba el libro recién horneado sin atreverse a mirarlo, posponiendo con ello la voluptuosidad de leerlo y remirarlo más tarde a solas.

– Quevedo y Lope -respondió Cortés.

Aquella respuesta humilló al abogado. Tratándose de Quevedo y Lope todo el mundo tendría que reconocerlos. Se limitó a barbotear: «Claro, ¿quiénes iban a ser, si no?».

Cortés, sentado en un sillón forrado de terciopelo rojo, ajado y acárico, sólo pensaba en llevar el dinero a Dora. ¿No habría una manera de arreglar las cosas? Estaba dispuesto a perdonárselo todo. ¿Qué me tienes tú que perdonar? Imaginó que ésta era la pregunta que le lanzaba Dora, llena de rencor, así que Cortés procuró que su pensamiento fuese aún más silencioso, para que ni siquiera llegase un eco de él, en la imaginación, a su ex mujer. Acostumbrado a que los personajes de las novelas le hablasen dentro de la cabeza, esa manía se había trasladado a los seres de carne y hueso, de modo que bastaba que pensase en ellos, para que empezasen ellos a dialogarle bajo su frente.

Estaba dispuesto a perdonarla, aunque no tuviera nada que perdonarle, porque en realidad había ocurrido por culpa de él. Pero ¿qué culpa tiene un escritor? Las cosas que le suceden a los escritores son muy diferentes de las que les ocurren al resto de los mortales. Ella lo tenía que saber desde el día en que se casaron. No es que me gusten las mujeres, se había disculpado, es que me gusta la intriga. Y ella…

– Después de la tertulia voy a ir a llevarle a Dora el dinero. ¿Me acompañas, Modesto?



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