
Musitó la frase, como si se encontraran en la sala de espera de un médico.
Modesto Ortega, distraído, observaba no sin desconfianza las facciones de Quevedo y Lope. Le costaba reaccionar. Sus pensamientos tenían algo de aceite, más que de agua. Era viejo, pero no lo sabía. De vez en cuando, cuando reparaba en su pelo, ya completamente cano, decía: me siento un chaval. O sea, un viejo. Y las ideas iban por dentro de él a su aire. Flotaban más que fluían. Como el aceite. No era rápido. Quizá por eso no era bueno en las salas de los juzgados.
– ¿Uno de esos no tenía que ser Cervantes? ¿Ésta no es la editorial Dulcinea? Por lo menos tenían que poner a don Quijote. Las cosas no tienen ninguna lógica.
Por eso le gustaban a él tanto las novelas policíacas y de detectives. En ellas la lógica era primordial. Como en el ajedrez. También le gustaba jugar al ajedrez. Y su amigo Paco era el rey de la lógica. Cómo hacía que encajase todo. No se le escapaba un solo detalle. Incluso, si tenía tiempo, podía conseguir, como esos confiteros virtuosos, algo genial: espolvorear la novela, ya escrita, de detalles significativos, lógicos, como si fuese azúcar glas, proposiciones y nudos falsos que acaban deshaciéndose al tirar de los extremos. Eso contribuía a que el lector, agradecido, conociese las cimas del goce deductivo en las últimas páginas. Pero ¿qué lógica podía haber en una editorial que se llamaba Dulcinea y que tenía un busto de Quevedo y otro de Lope?
Se abrió la puerta del despacho y apareció una dama de unos doscientos años, pequeña como un dije, envuelta en vapores de naftalina y con labios tan al rojo vivo que causaban una gran impresión. Vestía blondas blancas, encajes y sedas a medio planchar, que parecían haber dejado el baúl de los recuerdos media hora antes. Sí, se hallaban en una novela gótica Seguramente la dama, a juzgar por la intensidad del carmín, acababa de comerse el hígado del señor Espeja el viejo. O como mínimo un cactus.
