Doña Carmen al ver a Cortés, al que conocía de tropezárselo por allí desde que era un muchacho, consideró que tema que decir algo, pero al descubrirle la compañía de Ortega, recapacitó, respiró hondo, meneó la cabeza, la levantó en una gallarda sacudida y salió sin despedirse, aunque no tan orgullosa como para disimular que el despiadado señor Espeja el viejo le había hecho llorar. Por eso salió tambaleándose. A ella. una anciana de su distinción, que había conocido a Espeja el muerto, Espeja el viejo le había arrancado las lágrimas. ¿Por qué no viviría Espeja el muerto para lavar la ignominiosa infamia de aquella contumelia? Así describía ella en sus novelas las afrentas de honor.

– Clementina ordenó la mujer, dile de mi parte que espero que me llame para pedirme disculpas. Estaré en casa.

Salió de escena por un forillo al tiempo que Paco entraba por otro.

– Paco, acabo de despedir a doña Carmen. Nos llevaba a la ruina. Cierra la puerta. Está cada vez más chocha.

Modesto Ortega se quedó fuera esperando, sin quitarle el ojo ni a Quevedo ni a Lope.

– ¿Nunca ha habido un busto de Cervantes ahí, o de don Quijote?

La señorita Clementina no entendió la pregunta y le miro de la misma manera que le miraba a ella el cactus.

– No, desde que yo estoy aquí siempre he visto a esos dos. Los compró el Sr. Espeja-que-en-paz-descanse en una tienda de escayolas precisamente de la calle Cervantes -la coincidencia la encontró divertida y le hizo soltar un graznido que se parecía en algo a una risita-. Aún estará la factura. Aquí no se tira nada.

Pasaron otros diez minutos sin decirse nada, mientras la mujer remecía con la punta afilada de un lápiz las piedrecitas volcánicas.

– Es una momia -continuó argumentando Espeja el viejo a Paco Cortés al otro lado de la puerta-. ¿Tú puedes creer que le ha dado por hacer novelas con curas obreros? Esto es cosa de la democracia. El otro día me trajo una en la que una duquesa se liaba con su chófer, aunque el chófer a quien gustaba era a la hija de la duquesa.



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