Hasta ahí todo bien. Pero a continuación no se le ocurrió otra cosa que poner que el capellán de palacio se enamoraba del chófer, y la hija, a quien también le gustaba el chófer, se cargaba al cura, con quien el chófer estaba liado sin que la duquesa lo supiera. ¿Me sigues? Asesinado. Yo le dije: Mujer, ¿qué le han hecho a usted los curas? ¿Se va a pasar usted a la novela social o lo que quiere hacer es novela policíaca? Si quería que el chófer se acostase con la hija, con el cura o con todos a la vez, era un problema suyo. Pero ¿qué necesidad tenía usted de envenenarlo con el vino de misa?

– Pobre doña Carmen. No sabe que en las novelas no conviene envenenar a nadie. Eso es cosa de los italianos, que son muy ceremoniosos y un poco afeminados -dijo de pronto Paco Cortés.

– ¿De qué demonios me estás hablando? -rezongó Espeja el viejo-. El caso es que cuando le decía todo eso, la espantajo me miraba como si se hubiese vuelto idiota. Sabes que yo he seguido con ella todos estos años por consideración a la memoria de mi tío-que-en-paz-descanse. Él le tenía aprecio. Pobre tía Lola, lo que sufrió. ¿Quieres tú escribir novelas rosa, Paco? Son seiscientas veinte la holandesa, veinte pesetas más que las de detectives. A ti te daré seiscientas cincuenta. Se venden el doble. Y más fáciles de escribir, porque a las mujeres les da igual que las cosas cuadren o no, con tal de que acaben en boda. Y ahora puedes ponerte incluso guarro. A las tías les va también esa marcha, ya me entiendes. Y ahora, con la democracia, eso se puede hacer. Pero nada de curas maricas ni de maricas. ¿Qué me dices? Quizá te conviniera cambiar de género. Tú también te estás volviendo idiota…

No había día que estuviese con Espeja el viejo que éste no le faltase al respeto.

– De momento lo que me conviene es cobrar ésta -respondió Paco con sequedad.

A la euforia que sobrevenía a la palabra FIN de sus novelas sucedía, a veces, sin solución de continuidad, un estado de afasia, depresivo, y el humor se le desvió definitivamente.



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