
Espeja se levantó, se dirigió a un gran escritorio de roble, que tenía a su espalda, uno de esos de persiana, propiedad sin duda del difunto Espeja, y abrió uno de sus cajones. Sacó de él una pesada caja metálica, esmaltada en color verde, y la puso sobre su mesa de despacho. Se sentó de nuevo y empezó a tirar de una cadena que llevaba prendida en el chaleco hasta que le vino a las manos un desmesurado manojo de llaves, entre las que buscó una diminuta.
Cuando el contable no estaba, Espeja el viejo se ocupaba personalmente de los pagos. Contó el dinero de Cortés. Quedaba allí más del triple, así que antes de que Espeja el viejo cerrara la cueva de Alí Baba, Cortés se atrevió a pedir un adelanto a cuenta de la próxima.
– Sabes que esta editorial es una casa seria, y no de préstamos -refunfuñó con cara de pocos amigos…-. ¿Cuánto necesitas?
Cortés tuvo la agilidad felina de Delley. Pensó: necesitaría otras cincuenta mil, pero si pido cincuenta me dará diez, así que pediré cien y me dará cuarenta, pero como él está pensando en ese momento lo mismo que yo, no tengo más remedio que pedirle…
– Ciento cincuenta mil pesetas.
Esa cantidad sacudió a Espeja el viejo. Las llaves saltaron de sus manos como una alimaña que hubiese recobrado la libertad, y habrían caído al suelo si no hubieran estado sujetas por la cadena.
– Eso es mucho dinero -advirtió de un modo sombrío.
– Dora. Hazte cargo. Hace cuatro meses que no le paso la pensión -mintió, porque Cortés no hacía otra cosa que contar los días para poder llevarle el dinero a su mujer. Pero Espeja no conocía esos detalles, como ningún otro de la vida de sus empleados-. A cuenta de las dos próximas novelas -añadió Paco Cortés sin hacer ni una concesión al pordioseo.
– No tengo tanto disponible -mintió Espeja, y contó treinta billetes de mil, y guardó el resto en la caja verde.
