El rostro del editor se nubló con el sablazo.

– Fírmalo.

Paco quitó el dinero de la vista, por si se arrepentía, y firmó el recibo que le tendió el editor.

– ¿Qué me dices, Paco? Me das una de detectives, y una de amor, hasta que encuentre a alguien que me escriba sólo las de amor. A ti lo mismo te da escribir una basura negra que una basura rosa.

Creyó cobrarse los primeros intereses de su préstamo llamando basura a la carpeta azul que estaba sobre la mesa.

Francisco Cortés hubiera creído media hora antes más verosímil que allí mismo la señorita Clementina y Espeja el viejo les iban a asesinar que lo que iba a suceder en ese preciso momento. Como hubiera dicho el propio Modesto Ortega, habría tenido más lógica. Pero nada la tenía en esta vida.

Notó en la garganta un cuesco de dátil, que ni subía ni bajaba. Quizá me esté cogiendo la gripe, pensó Paco. Tampoco se le ocurrió media hora antes que pudiera estar pillando una gripe. La conversación con Espeja el viejo había puesto en fuga todas sus defensas. Cuando escribía sólo era real lo que iba quedando en el papel. Lo demás no contaba. Eso era algo que Dora le reprochaba. Le decía: cuando estás fuera, porque estás fuera, y cuando estás en casa, porque estás escribiendo. Nunca te tengo para mí sola. Y llevaba razón. Iba a llevarle el dinero y le diría que la perdonaba. No, no diría que la perdonaba, porque eso sería poner peor las cosas. No le gustaba mendigar. Iba a dejar las intrigas, las mujeres. Eran como la nicotina, como el alcohol, como la droga. Uno se adicta a los crímenes, a las mujeres, a las novelas como al tabaco. Sin darse cuenta. Se empieza por broma, por hacerse el hombre. Le diría que la amaba sobre todas las cosas. El era personaje de sí mismo y de su propia vida, como lo eran los de sus novelas de las ficciones que urdía para ellos. Las cosas le sucedían sin pensar.



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