
– ¿Qué me respondes, Paco? Es lo que digo, te estás volviendo idiota. Bebes demasiado. Despierta. A ti lo mismo te da escribir una mierda que otra, y a mí me resuelves la papeleta. Lo de esa vieja se estaba viendo venir. Está acabada.
Fue aquella malsonancia la que colmó el vaso, pensó luego Paco Cortés. Espeja había encendido un puro barato que le aureolaba la cara como a un brujo. Tenía un aspecto de viejo indecente: metido en un traje color ala de mosca, corbata negra, de luto o de ordenanza ministerial, no se sabía, delgado, mal color, una calva bruñida, el pecho hundido, manos blancas y femeninas con las puntas teñidas de amarillo por la nicotina y las uñas sucias de los poetas y un tic nervioso que le hacía toser de continuo y pasarse por la boca unos pañuelos no demasiado limpios, que doblaba con sumo cuidado antes de devolvérselos al bolsillo. Qué porquería.
– ¿Qué me dices? Parece que te ha dado la tontera.
Paco Cortés se había quedado mirando por la ventana. Pensaba en Dora. También en Espeja. Cabrón. Tuvo miedo de que Espeja el muerto-que-en-paz-descanse le hubiera oído el pensamiento y se lo hubiera soplado al oído a Espeja el viejo, tan cerca como le tenía. Cada vez que le llevaba el dinero a Dora se producía una escena imprevisible. El préstamo le daría para llevarle un ramo de flores. No, flores no. Nada disgusta tanto a una mujer como que le regale flores el hombre que ella no quiere que le regale flores. Eso lo quieren ellas reservar para el hombre suyo, como hace la mujer de la vida con los besos en la boca, que guarda únicamente para su novio. Quizá pensara que no tenía derecho a regalarle flores. Un pañuelo. Un pañuelo, en cambio, les gusta a todas. Le compraría un pañuelo en el puesto de las gitanas de Gran Vía, después de pasarse por la farmacia. Se vio un poco miserias. Con el dinero que había logrado sacarle a Espeja, podía estirarse algo más y entrar en una tienda. Había sido un buen golpe. Debió de pillarle desprevenido. Treinta mil extras. Sintió Paco la euforia de los audaces con suerte. Y además, a este bicho le tengo ahora cogido. Lamentó sólo no haberle pedido trescientas mil.
