
– No pienso escribir más novelas ni rosas ni negras ni verdes, Espeja. Se acabó. No me vas a volver a ver el pelo, porque eres un viejo indecente y un explotador, como ya lo era el puto Espeja el muerto y como lo será el puto Espeja hijo. Una familia de putos indecentes.
Paco se había vuelto loco. No le gustaban las palabras malsonantes, no las decía nunca él ni las pronunciaban sus personajes. Cosas de la censura, y él se había acostumbrado a la censura. Ninguno de sus personajes, por ejemplo, hubiera dicho puto nada. Las novelas policíacas modernas, después de 1977, sí. En ellas había mucho y que te follen, hijo de puta, gilipollas, así te mueras, cabrón, eres un montón de mierda. A él eso ya le llegaba tarde. En realidad algo estaba pasando. Cada día aparecían diez novelistas nuevos, muchos, todos los días, en el periódico, en carteles, en la televisión. No se sabía de dónde podían salir tantos. Y luego se iban todos a Cuenca, a Gijón, a Barcelona. Congresos, simposios, seminarios. Demasiado intelectuales para él. Sus personajes habrían dicho: maldito, o canalla, por lo mismo. No. El era un caballero sudista. En sus novelas no había hijos de puta, sino bastardos, ni cabrones, sino cabritos, ni jódete o que te follen, sino muérete o que te aspen. No hablaban mal, no decían tacos jamás, en sus novelas no los metía. Por eso la palabra puto le sacudió a él mismo el pecho como un esputo duro y cabrón, pero en ese momento paladeó aquellos putos lenta, golosamente, como pastillas de café con leche.
– Ya lo has oído, Espeja, sois todos una familia de putos Espejas.
Espeja se quedó de piedra, oyendo motejar a su tío Espeja el muerto y a su hijo de putos e indecentes, y se le descolgó la mandíbula. La ceniza del cigarro estuvo a punto de caérsele sobre la portañuela. No daba crédito a lo que había oído. Perdía a su autora de novelas rosas y a su autor de novelas negras el mismo día, pero en cuanto al lenguaje jamás había tenido ni los escrúpulos de Cortés ni el celo de la censura.
