– Basta de chácharas, Delley. Abre de una vez, ¿me oyes? Se me está acabando la paciencia. Te voy a concluir.

– Te oigo, Olson, no grites. Déjame en paz.

– Paco, ¿estás en casa?

– He dicho que me dejes en paz; iros u os meteré más plomo en el cuerpo del que cabe en una linotipia.

Pensó que ese «u os llenaré» no estaba a la altura de alguien como Delley, y tachó con equis linotipia. Aquellas equis sonaron como un corta ráfaga de una metralleta con tambor basculante. Una M32 soviética. A alguien como Delley las linotipias le traían también sin cuidado y seguramente no había visto ni una en su vida. Tampoco la M32 de tambor basculante. No le gustaban los soviéticos. ¿Para qué tanto socialismo si luego habían sido incapaces de aportar nada memorable al género policíaco?

– ¿Vas a abrir de una vez, Delley?

– ¿Y a ti, Olson, no te han enseñado a preguntar más cosas?

– Paco, ¿estás en casa?

Alguien estaba llamando a la puerta.

Paco tardó en hacerse una idea aproximada del tiempo transcurrido desde que se había sentado a escribir esa mañana. Se veían restos de un bocadillo de tortilla de patata en el suelo, en un platito, en el que mordisqueaba el gato Poirot. Tenía gato desde que se había separado de Dora. En la mesa había también medio vaso de whisky, todo lo que quedaba después de que se le cayera la botella al suelo.

Cuando trabajaba se metía tanto en los personajes y en la acción que no era capaz de distinguir lo que sucedía en la realidad, y lo que se formaba en los formidables y apoteósicos trasiegos de su cabeza parecía ir tomando cuerpo de realidad a medida que escribía.



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