– Paco, tú eres el que eres un hijo de la gran puta -gritó, poniéndose de pie-. Sal inmediatamente de esta casa.

Los cristales temblaron.

– Adiós -se limitó a decir Paco, encogiéndose de hombros.

Vio la carpeta azul sobre la mesa. Pensó llevársela. Pero eso habría complicado las cosas.

Era una despedida demasiado breve para veintidós años de relaciones laborales con ambos Espeja. En un segundo le cruzaron a Paco Cortés por la cabeza al menos diez respuestas brillantes que hubiera podido pronunciar cualquiera de sus personajes novelescos.

Delley hubiera dicho: «Bien, Espeja, a partir de ahora vas a tener que escribir tú mismo esas novelas que son una porquería…».

John Murray, el detective aristócrata de Surrey, habría sido más cínico: «Espeja, no dejes de mandarme ninguna de esas novelas nuevas. Seguramente serán obras maestras…».

De pronto la palabra le gustaba lo indecible, puto, puta…

Francis Avon, otro de sus detectives, habría sido más contundente: «Espeja, ahórcate». O mejor: «Espeja, que te aspen».

Pero en su cabeza Paco Cortés oyó una traducción simultánea. Que te follen, Espeja. También le dio gusto esa conjugación. Lástima que lo hubiera descubierto justamente en el momento en que había decidido dejar de escribir. Se lo cedía a los jóvenes. Lamentó no haber salido de esa época de su vida sin dar un portazo. Pero si quería recuperar a Dora, tendría que dejar la novelística. Es lo malo de la vida: acaba muchas veces por donde debería empezar y empieza cuando ya está acabada. Lo mismo que las decisiones graves, como ésa. Percibió que en realidad ya la había tomado mucho antes, no supo cómo. Todo lo que sucede, sucede siempre un poco antes, como ocurre con los relámpagos, con los truenos, con los rayos. Y aquél había resonado de manera grandiosa en aquel cuarto.



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