Cuando iba a salir del despacho, Espeja le gritó:

– Eh, ¿crees que puedes dejarme así, gilipollas?

Espeja, en cambio no sentía el menor apuro en utilizar la viva lengua del pueblo.

– Yo tengo unos compromisos con la imprenta -siguió tronando-, tengo unos compromisos con la distribuidora. Y unas letras que pagar al banco. ¿Te enteras? Tengo el papel comprado para todo el año, y estamos en febrero. Esto es una maquinaria que funciona como un reloj y si no cumples, te demandaré. Te voy a freír vivo.

El nuevo «gilipollas» que cerró su frase, sonó como la expectoración de un sargento en combate. Modesto y la señorita Clementina se miraron sin saber si tenían que intervenir y separar a dos hombres que por las apariencias se diría que se estaban matando allí dentro.

Cuando apareció Cortés, Modesto Ortega ya le esperaba de pie. El novelista salía pálido y despulsado. Le temblaba ligeramente el labio, con un tic nervioso que Modesto no le conocía.

La señorita Clementina se levantó agitada. Llevaba en la mano el lápiz con el que había estado meneando la tierra negra del cactus. Alarmada por lo sucedido, y fiel a su jefe como una perra vieja, tenía todo el aspecto de ir a clavar el lápiz en el cuello del novelista.

Espeja insultaba a Paco sin reparar en el abogado.

– Esto no se va a quedar así, imbécil -gritaba cada vez más fuerte.

– Adiós Clementina. Dele recuerdos a su madre.

Paco Cortés siempre le daba recuerdos para su madre. Creía que las secretarias viejas agradecían mucho esa fineza y que un escritor de novelas policíacas podía perder los nervios ante un superior, pero nunca ante una secretaria.

Espeja había salido de detrás de su mesa, gesticulaba con el puro en la mano y hacía con él fintas de florete.



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