Al derramarse el whisky había manchado unas cuantas cuartillas, pero la mayor parte de líquido había ido a parar a la alfombra y al tillado. Pero ¿qué era un whisky cuando dos hombres estaban a punto de matarse de una manera tan sanguinaria?

– Paco, ¿estás ahí?

– Ya voy -gritó Paco desde el fondo de la casa.

Se levantó y aún continuó un rato, de pechos, sobre la máquina de escribir, leyendo en el papel que asomaba en el carro.

Una vieja Underwood, alta, pesada, negra. Un verdadero catafalco a prueba de terremotos y de argumentos. Para él la vieja Underwood era lo mismo que para Delley Wilson su viejo Smith & Wesson de calibre especial. Paco en cambio no había visto un Smith & Wesson en su vida, sólo en lámina, en un libro. Tenía varios sobre armas de fuego. ¿Cuántos cientos de hombres habían muerto entre aquellas teclas, picados por el golpe certero de las matrices, cuántas cabezas habían rodado bajo aquellas cuchillas implacables, cuántas coartadas habían quedado desvanecidas en el fuego cruzado de la q y la m, cuántos asesinos, malhechores, barbianes, belitres, malsines, rufianes, bergantes, granujas, truhanes, bribones y bellacos habían dado cuenta a aquel cilindro encauchutado de todas sus fechorías, cuántas mujeres se habían evaporado igualmente en los brazos de quienes no habrían tenido otra recompensa en su lucha contra el crimen que ese efímero, pasajero y subyugante minuto de amor? ¿Cuántos caballeros andantes del crimen no habían salido de aquella inamovible montaña de los sueños?

– ¿Abres, Paco?

– Ya.

Seguía leyendo las últimas frases que acababa de escribir. Se hubiera dicho que temía que aquellos Delley y Olson actuaran por su cuenta mientras iba a abrir la puerta, y cometieran cualquier desaguisado que echase por tierra el trabajo de las dos últimas semanas.

Le quedaban únicamente un par de cuartillas para acabar esa novela y aún no sabía si Delley mataría a Olson o si Olson vendimiaría a Delley Ambos desenlaces los encontraba sugerentes y posibles. Ambos le convenían.



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