
Eso no tiene ningún mérito. Mérito el tuyo, que hablas de cosas que te tienes que sacar de la imaginación. No has estado nunca en Chicago, ni en Nueva York, ni en Londres, no has salido de Madrid en tu vida, pero cuando hablas de todas esas ciudades, están vivas. Parece que estás allí. No se cómo lo consigues. Tú no has estado en Londres y yo sí. Cuando me paseé por Hampstead, era igual que el barrio que sacas en
El té de la seis. ¿Te acuerdas cuando escribiste sobre el incendio del Hotel Majestic de Los Ángeles, o de la cabaña al lado del lago Michigan? Parece que te encontrabas delante. Todavía estoy oyendo los patos. ¿Cómo sabías tú que en el lago Michigan había patos? Yo los vi con mi mujer, cuando fuimos a llevar a Martita a estudiar allí. Más que oyendo, parece que los estoy viendo. Esos personajes son ya más que tú, Paco, que antes que tú pensaras en ellos no existían y que andan ahora sueltos llevando un poco de justicia por el mundo, de orden, de lógica…Eso era muy…
Se estaba emocionando y resultaba incluso elocuente. Quizá en los tribunales se transformara también, y le viniese la facilidad de palabra.
– Déjalo, Modesto. Te lo agradezco igual. A lo mejor eres un buen abogado.
– Tú te podrías morir -continuó- y nadie se daría cuenta. Ahora, si tus personajes dejaran de existir, los lectores podrían denunciarte por asesinato, y demandarte por daños y perjuicios…
Aquello era un alegato…
Francisco Cortés, el autor de novelas policíacas, de detectives y de intriga en general, o lo que de él quedaba, se sintió conmovido. Pero no era persona que tomada una decisión se volviera atrás. Como decía Unamuno, al que citaba de vez en cuando para elevarse la categoría: «En las decisiones, y en los libros, hay quienes son vivíparos y ovíparos, los que tienen que incubar el huevo durante semanas, y los que paren decisiones o libros en unos instantes.