Y yo soy de éstos, no hay más que verme». Eso era una enseñanza que había sacado también de las novelas. Duro, había que ser duro. A las mujeres les gustan duros, y a los lectores más aún. Dora le dejó por blando, aunque a él los lectores, a partir de ese momento, le daban lo mismo, igual que las linotipias a Delley. La prueba estaba en que había tardado veintidós años en tarifar con los Espeja. Francisco Cortés iba a ser en adelante un hombre duro. A última hora de la tarde se iba a llegar por casa de Dora, y le diría: haz las maletas, coge a la niña; os venís a casa. Y Dora le seguiría. Pero ¿qué tonterías estaba pensando? La casa de Dora era la suya. ¿Cómo iban a seguirle a la casa en la que vivía, donde no se podía vivir? Daba igual, era una manera de pensar. Sí. Empezó a ver que todo eran ventajas.

Estaban llegando al Comercial. Eran cerca de las cinco.

– Voy a hablar con Loren esta misma tarde. Con este dinero me da para alquilar un bajo un par de meses, y empezar a funcionar. Y luego ya todo rodado. La noria de la vida. La ronda. Empezarán a venir, aquello será una procesión, cornudos, mujeres engañadas, socios que se engañan entre sí, estafas, herencias despilfarradas antes de tiempo, escamoteos, dobles vidas, dolos, escalos, agravantes…

Ese era precisamente el título de otra de sus novelas, Dobles vidas…El mismo había llevado una doble vida y por eso se veía como se veía…

Tendría que decirle a Dora que este mes no le podría pasar la paga convenida. Le explicaría. Entendería. Malo. No le iba a gustar nada que no le pasara la pensión. Pensaría que había vuelto a las andadas. No era el momento de ver los contra sino los pro. En seguir a alguien no se gasta nada. El metro, un taxi. Nada. No hay más que tener una libreta y un bolígrafo.

– Modesto, no le digas a nadie que he dejado la novelística. Y menos a Milagros.


VIERON llegar a Sam Spade y a Perry Mason y como ambos venían con la cara desencajada, lo atribuyeron a lo que estaba sucediendo en el Congreso de los Diputados.



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