Spade preguntó si había venido Maigret, el policía de la comisaría de la calle de la Luna. Le respondieron que no y que con lo que estaba cayendo, era improbable que lo hiciera.

– ¿Cayendo dónde?

Spade les miró como cuando se sospecha que los demás conocen ya una noticia terrible de la que ninguno quiere ser mensajero, aunque en este caso fue lo contrario, porque cuando vieron que ni Perry Mason ni Spade estaban al corriente aún de lo sucedido, se atropellaron por contárselo todos a la vez, mezclando los hechos contrastados con toda clase de incertidumbres y congojas naturales del momento. Por una vez, ahora sí, estaban viviendo algo «histórico»: unos guardias habían entrado en el Congreso de los Diputados y se estaba produciendo un golpe de Estado. ¿En ese preciso momento? Sí. ¿Con qué repercusiones «a nivel del Estado»? Se ignoraba.

– Eso es imposible -concluyó un Perry Mason aturdido.

No. Había sucedido. Estaba sucediendo. ¿La televisión? No sabían. En el Comercial no tenían televisor. Sólo Tomás, el camarero, Thomas para los ACP, con un transistor pegado a la oreja, como Miss Marple, iba trayéndoles a la mesa, entre las consumiciones, las novedades que iba atropando en diferentes emisoras, en las que libaba con avidez.

Sherlock Holmes, sentado junto a uno de los ventanales, miraba distraído a la calle. Sostenía, mortecina, una gran pipa de espuma de mar, regalo de su mujer. La manoseaba nervioso. De todos los ACP era el más alterado. También el único que había vivido y hecho la guerra, y creía que lo que estaba sucediendo era un calco alarmantísimo de todo lo acaecido en España en los lejanos días de julio de 1936. Así que no hacía más que espiar a través de los ventanales del café lo que pasaba afuera. Temía ver aparecer en cualquier momento, por los bulevares, provenientes de Brunete, los tanques, avasalladores, blindados y estrepitosos. Sin embargo lo que se divisaba desde allí era lo mismo que cualquier otro día, coches que subían, que bajaban, que giraban, el pacífico kiosquero, unas gentes con cara de sinapismo que el metro fagocitaba y escupía, desavisadas de lo que le estaba ocurriendo a España.



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