– Lo mismo que cuando mataron a Calvo Sotelo; esto es igual que aquello -solemnizó Sherlock Holmes-. No se puede vivir con un muerto diario, como vivimos.

A Sherlock Holmes se le había ido el color, y su bronceado permanente, que le daba un aire de viejo galán de cine, se había vuelto verde. Le sudaban las manos y trataba de disimular frotándoselas como si no acabase de entrar en calor, mientras sus dientes mordían la pipa.

– Yo me voy a ir -comentó con evaporada voz.

Pero antes quiso recordar algunas cosas a sus amigos. Les quería bien, los ACP le daban la vida. Según Sherlock las detenciones, sacas y paseos iban a comenzar desde esa misma noche.

Mason sacudía la cabeza con gravedad, y no se sabía si le daba la razón o se la quitaba. Pensaba al mismo tiempo en Paco y la escena que acababa de vivir en la editorial de Espeja, en aquel golpe de Estado y en su propia familia. Las palabras de Sherlock le robaron su flema. Su hija Marta vivía en Barcelona. Imaginó la línea de un frente de guerra dividiendo durante tres años a España, su mujer y él a un lado, su hija al otro. También quería marcharse, pero no sabía cómo decirlo. No quería parecer un cobarde. Toda la vida admirando a los tipos duros de las novelas tenían que haberle enseñado algo.

Como buen industrial, Nero Wolfe sólo se preocupaba de las repercusiones que aquello iba a tener para la marcha del país.

– Si va a ser igual que el 36, veremos pasar necesidades en Madrid -advirtió.

A la sensación de miedo, en Sherlock y Perry Mason al menos, se sumó la de hambre, que cundió en el ambiente.

Nero Wolfe era un niño cuando la guerra. No recordaba mucho de la guerra, pero sí el hambre que padecieron después.



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