
Mason asintió de nuevo sin decir nada. Sherlock insistió:
– Va a ser un calvario…
– Por favor, Sherlock, no nos asustes. Y tú, Mason, deja de darle la razón, no seas cenizo -y al mismo tiempo Spade levantó el brazo, chasqueó los dedos un par de veces y llamó a Tomás, Thomas, que se encontraba en el otro extremo, atendiendo a un cliente.
Una agencia de detectives, pensó, apenas necesita gastos. Habría que darle un nombre. La excitada conversación que tenía lugar a su lado era sólo un rumor lejano que no lograba distraerle. Un nombre: Argos, el de los cien ojos. Tenía buena mano para los títulos. Se le ocurrían siempre a la primera y no tenía ni siquiera que retocarlos. Esperaba al final, y llegaban solos, felices, como si nada. Cuando los necesitaba: Mal asunto, El diamante de Vermont, A medias con la viuda de Ascot, La Meca del crimen, La luna llena está vacía, Caramelos de azúcar negro, Los cinco ases de la baraja, El dedal de zafiros, El gabinete de la señora Seis dedos, A dos pasos del lugar del crimen, Lunes y martes…Ahora necesitaba uno para la agencia, y ya lo tenía. Argos, detectives. Al día siguiente se ocuparía del papeleo, y para eso precisaba de la muestra comercial. Encargaría una placa vistosa, dinámica, moderna, en forma de flecha, para indicar que los detectives de Argos acudirían raudos allí donde se precisase de ellos. No entendía por qué les preocupaba a todos tanto lo de los guardias civiles en el Congreso. Una asonada vulgar, se quedaría en eso, ruido de sables. Qué vergüenza España. Por eso a él le gustaban Inglaterra, Francia, los Estados Unidos, la novela negra. ¿De qué iban a entrar los bobbies en el Parlamento británico? ¿A quién, sino a un español, se le había podido ocurrir esos tricornios de charol que daban idea bastante precisa de lo que hay debajo de ellos, todo cuadriculado, hasta las coronillas, y lleno de destellos fúnebres? Si él pudiera, rompería su nacionalidad en cien pedazos.
