Argos. Si los títulos son la mitad de una novela, pensó, el de Argos sería media empresa. El porvenir le sonreía en esas horas aciagas para España. De los suyos le gustaban muchos, Casi perfecto, No me pidas más sueños, Uno y uno son tres, No quiero justicia, primera parte de Sólo pido venganza, el ya mentado El té de las seis…Tendría que pensar en el logotipo. La otra mitad del éxito. También era importante eso. Un caduceo. No tenía nada que ver con Argos, sino con Mercurio, pero Mercurio era un dios muy apropiado para una agencia de detectives: tenía alas en los pies, y la rapidez en ese negocio es cosa primordial. Un caduceo es algo bonito, un casco con alas, un palo y dos culebras subiendo por él como una trenza…Las novelas policíacas están muy desprestigiadas, pero gracias a ellas, a leerlas y a tener que escribirlas, se había hecho una sólida cultura de enciclopedia.

– ¿Qué piensas, Spade?

– ¿Qué?

Se rompieron sus pensamientos dentro de la cabeza como la botella de whisky de Delley. Se asustó.

– El 18 de Julio nadie creyó que aquello fuese a durar tres años ni mucho menos que después iban a ser otros treinta y cinco…Volverá la quema de iglesias y conventos.

Esta última frase se la dirigió Sherlock especialmente al padre Brown, otro de los ACP, pero sin dejar de mirar a Mason, en quien Sherlock había descubierto un aliado para el repliegue.

– …Tú te acuerdas también de eso, Mason, ¿no? Y usted, don Benigno, ¿no dice nada?

El padre Brown sonrió beatíficamente, vació su pipa en el cenicero con ligeros toques, comprobó que no quedaba escoria en la cazoleta, y dijo risueño:

– Conventos, pobres, ya quedan pocos, pero de iglesias no estaría mal que se quemaran algunas…

Mason seguía asintiendo de manera sombría, ajeno a la broma del padre Brown, y también desenfundó su cachimba.



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