
Se hubiese dicho que aquella reunión más que de los ACP era del Club de los fumadores de pipa. Miss Marple también tenía la suya. Ni siquiera se daban cuenta del efecto tan raro que podía hacer verles a todos ellos con sus pipas…
– Sherlock, nos estás dando la tarde. Además el padre Brown es bastante rogelio, ¿o no, padre? Y tú, Mason, no le mires con esa cara de cenizo.
El habla de Marlowe era muy madrileña, siempre como si estuviera pidiendo un bocadillo de calamares en una de las freidurías de la Plaza Mayor.
Mason tenía fama entre los ACP de ser algo cenizo, cierto, con aquel bigote de pincho tan triste y el pelo blanco, pero cuando se lo llamaba otro que no fuera Spade se retraía como un molusco, y torcía el gesto, y más cuando quien se lo decía era alguien como Marlowe. No le caía simpático. Pero no se atrevía a pararle los pies ni a contradecirle. No tenía mucho carácter Mason, desde luego, y hubiera podido pensarse que aquel nombre era un escarnio, de no ser porque se lo pusieron en pleno auge de la serie televisiva del mismo nombre.
No se sabía cómo haría en los juzgados para no dejarse avasallar por los contrincantes. No tenía ninguna lógica que fuese abogado, desde luego, pero esa falta de lógica, la más notoria de todo cuanto constituía su vida, era la que le había pasado inadvertida siempre. La candorosa insolencia de Marlowe le mortificó, y no volvió a abrir la boca.
– Bah, Mason, te lo tomas todo a la tremenda -insistió
Marlowe bromeando, ajeno a los sentimientos que despertaba en el abogado.
Marlowe era el hijo del relojero de la calle Postas, «Suministro. Fornituras. Herramientas». Cuando hablaba de sus padres les llamaba siempre «mis viejos». Mi viejo, mi vieja…La familia tenía también otro almacén en la calle Carretas, arriba, casi en Gran Vía. Marlowe hacía unas veces de relojero y otras de recadero entre Postas y Carretas. En estas idas y venidas, como hijo del jefe, escamoteaba algunas horas para asistir a las reuniones de los ACP.
