Hacía colección de pistolas. En realidad seguía la colección de pistolas que había empezado su «viejo», antiguas y modernas, todas en uso, incluso las más antiguas, que él restauraba y componía. Decía que los relojes le habían enseñado mucho a leer las novelas policíacas y las novelas a entender mejor las pistolas. Un buen crimen está muchas veces en una buena arma. Tampoco era partidario de los venenos, pero menos aún de la balística sofisticada, carabinas de alcance kilométrico o miras telescópicas con rayos x. «El Crimen Perfecto es como un buen reloj, ni atrasa ni adelanta, se produce a su hora.» Le gustaban estas frases, que dejaban un tanto anonadados e inermes a los que las escuchaban. Acababan de licenciarlo de la mili. De estatura mediana, cabeza grande, facciones que denotaban tenacidad y audacia, subrayada por la mirada. Miraba a los ojos, impetuoso y desafiante. Muy arreglado siempre, muy afeitado y muy perfumado con varoniles lociones, dispuesto al asalto y conquista de las primeras faldas que se movieran a su lado. Se le podía definir como un perfecto hijo del pueblo de Madrid. Era también el más joven de todos los ACP hasta que entró Poe.

– ¿Y Poe? -preguntó alguien.

– No ha venido -contestó Marlowe-. Y vosotros, viejales, parece que os estuvierais cagando por la pata abajo.

En ese momento, como convocado por la alusión, apareció Poe por la puerta.

– Más respeto, chaval -le dijo Sherlock, estirando el cuello y sin esperar a saludar al recién llegado-. No sabes lo que fue aquello.

– ¿Cómo que no lo sé? Mi viejo estuvo en la División Azul, con dos cojones, matando bolcheviques -dijo Marlowe.

– Marlowe -advirtió Spade, a quien la palabra cojones había bajado de su nube- no hables así delante del clero y de las mujeres.

El cura se encogió de hombros, dando a entender que por él le perdonaba, y de las mujeres, la vieja, Miss Marple, que tampoco simpatizaba con Marlowe, asintió, y la otra, la joven vestida de negro, no movió ni un músculo de la cara.



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