– Bueno -continuó Sherlock sin hacer caso de esa interrupción-. Yo conocí aquello y fue horrible. Sacaban a la gente, la mataban por la noche, aparecían los cadáveres en las cunetas o los sitios más raros. Yo estuve yendo con mi madre al Parque Móvil de Bravo Murillo a mirar si entre los cuerpos que traían todas las mañanas estaba el de un tío, un hermano de mi madre. Fuimos durante un mes, y no apareció nunca, pero vimos más de lo que quisimos y de lo que podría olvidarse.

Nadie dijo nada. El fantasma de la guerra civil, como el genuino y agorero cuervo de Poe, se instaló en medio de la tertulia, sobre la mesa, entre las tazas de café, los vasos de agua y los tiques con las cuentas de las consumiciones, y graznaba su apodíptico nevermore.

En el Café, aparte de los ACP, quedaban dos viejos esqueléticos, uno que debía de llevar allí sin moverse desde hacía unos ochenta años y el que acababa de entrar, a su lado, ambos sin hablarse, tan tranquilos, tomándose a sorbitos su café con leche. Tampoco parecían haberse enterado de nada.

Los funéreos vaticinios de Sherlock pusieron una nota luctuosa en el ambiente. Nadie se atrevió a contradecirle. Nunca en las reuniones de los ACP se había hablado de política. Ni siquiera Maigret el policía, que hubiera podido contar y no parar de las cosas que había tenido que ver en el servicio, gastaba un minuto de su tiempo en esas cuestiones que apasionaban por entonces a toda la población. Y no es que estuviese prohibido hablar de política entre los ACP, sencillamente ése era un asunto que no le interesaba a nadie lo más mínimo, al menos allí. Los ACP, a imitación del Detection Club que formaron Chesterton, D. L. Sayer. Agatha Christie, F. Willis, Crofts, Wade y otros, era un club de amantes de la novela policíaca, un grupo de personas a las que unía el amor del arte por el arte, el arte puro, el asesinato como una de las bellas artes, para decirlo con frase impar.



49 из 280