
Spade se animó a intervenir en la conversación, y preguntó, sin darse cuenta, lo mismo que ya había preguntado al llegar.
– ¿Alguien sabe si va a venir Maigret?
Sí, faltaba Maigret. Maigret era Lorenzo Maravillas. Maigret era la pieza clave en aquel momento. Era lógico, estando como estaba metido en la policía, que, de saberse algo más de lo que estaba sucediendo, lo sabría él. Los golpes de Estado no se preparan sin que la policía lo sepa antes, y menos aún con una policía como la española.
– No -dijo Spade-, a mí me da igual lo del golpe, porque conociendo a la policía española, aparte de estar en el golpe, no sabrán nada más. Esos hacen las cosas sin saber por qué.
– No estaría de más que se acercase alguno de nosotros a la calle de la Luna -sugirió Mason.
Miraron todos a Spade, pero éste negó con la cabeza.
– Yo no puedo presentarme allí.
Todos lo entendieron.
Alguien sugirió entonces que lo mejor era esperar. Quizá Maigret acabase apareciendo.
Maigret no se perdía ni una sola tertulia. Era un entusiasta por naturaleza. Estaba soltero y había dejado el País Vasco hacía cuatro años, y este hecho le mantenía en un estado de permanente euforia. Era habitualmente el primero en llegar a las reuniones y el último en dejarlas, cuando se lo permitiera el servicio.
Por las actas que llevaba tan al día Nero Wolfe, se sabe que ese 23 de febrero asistieron a la reunión del Comercial, Spade, Perry Mason, Milagros, Poe, Miss Marple, el propio Nero Wolfe, el padre Brown y Marlowe. Un tercio de los integrantes de los ACP, pero también los más asiduos. Faltaban Max Cuadrado, un joven ciego bautizado así en memoria del insigne detective ciego Max Carrados que resolvía los casos con la ayuda de los ojos de su amigo Parkinson; Néstor Burma, pieza ornamental del grupo, en cama con una gripe, como tantos por aquellos días; Mike Dolan, alias de Lolita Chamizo, redactora de El Caso, otro miembro más de los que fumaban en pipa, aparte de su atuendo enteramente masculino, con trajes, chalecos, camisas de cuello blando y corbatas de aspecto judicial, y, por último, el miembro más viejo de la tertulia, don Julio Corner, que a la manera del personaje de la baronesa de Orczy se ufanaba de resolver todos los casos sin salir de su rincón.
