Delley era un tipo romántico y resuelto. En el fondo se parecía a él mismo. Olson había matado a Dora y él quería a Dora. Pero Dora le había traicionado y su doble juego le había llevado por un camino peligroso que naturalmente acabó cierta noche en un sucio y tenebroso callejón de Detroit, a la salida de un tugurio, donde los hombres de Olson la habían mandado al otro barrio. Una mujer ambiciosa, sin escrúpulos, y bellísima. Era la clase de heroínas que le atraían, de las que se había enamorado siempre y que siempre le habían hecho desgraciado. Las chicas malas. ¿Por qué a los hombres nos gustan las chicas malas?, solía preguntarse en sus novelas cuando no se atrevía a respondérselo a sí mismo. Y a menudo había alguien por allí, página antes, página después, que lo hacía por él con cualquier frase de repertorio. En cuanto a Olson…

– ¿Qué ha pasado? Aquí dentro apesta a whisky

– Hola, Modesto. Esta mañana Poirot tiró la botella cuando quería comerse la tortilla -respondió Paco, sentándose de nuevo frente a su inseparable e idolatrada Underwood, con la cabeza puesta más en su novela que en lo que acababa de preguntarle a su amigo.

Muchos lunes Modesto Ortega se abstenía de comer con la familia. Dejaba su despacho a las tres o tres y media, tomaba cualquier cosa y se llegaba a casa de su amigo Francisco Cortés, escritor de novelas policíacas, de detectives y de intriga en general. A continuación salían, tomaban café en algún bar y se dirigían, andando, a la reunión semanal de los ACP, que empezaba en el café Comercial, de la Glorieta de Bilbao, a las cuatro y media, y que solía alargarse hasta las seis y media o las siete.

– ¿Cómo se titula ésta?

Modesto Ortega echó un vistazo somero a la hoja, mientras leía por encima del hombro de Paco Cortés.



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