
Sherlock Holmes seguía junto al ventanal, sin encontrar el momento propicio para levantarse, marcharse y no parecer un cobarde.
– Tendríamos que ir a aprovisionarnos, por lo que pueda pasar.
Fue Nero Wolfe el de la sugerencia. Nero Wolfe tenía un restaurante, y el instinto hizo que se acordara de avituallarse.
A la cara equina de Sherlock asomó el hambre sufrida en la guerra y en la posguerra.
– Donde hay que estar ahora es en casa, con la familia -advirtió.
– Como en Nochebuena.
Ese era el humor cáustico de Spade. Inconfundible. Lo sacaba también en las novelas. La discusión con Espeja el viejo, mucho más que por el golpe de Estado, se lo había afilado.
– Tú haz lo que quieras, pero yo me voy a ir.
Sherlock se levantó, molesto por primera vez en su vida por el comentario de su amigo y con el semblante borrascoso. El padre Brown, a quien tampoco le gustaba que la gente cargara cruces en solitario, se levantó por hacerle a Sherlock de Cirineo, pero estaba tranquilo: si iba a haber de nuevo persecución religiosa, él debía ir corriendo a quitarse el alzacuellos y ponerse otra ropa, aunque tal como pintaban las cosas temió que fuese lo contrario: tendría que sacar la sotana de la sacristía.
