
– Yo también me voy. En la parroquia pueden necesitarme.
Tampoco faltaba nunca el padre Brown. Eso era más explicable que lo de Maigret: estaba convencido de que la feligresía siente mayor y más natural propensión al mal que al bien. Miss Marple apagó el transistor que había tratado de meterse por la oreja, lo guardó en el bolso y se dispuso a marcharse también. Mason se coló en su abrigo sin decir nada y Nero cerró con parsimonia el libro de asientos, como maestro de ceremonias, dando la reunión por finalizada, sumándose al grupo de los desertores. La preocupación y la inquietud se habían generalizado, pero no iba a suceder nada por que un día, después de quince años, no se celebrase la tertulia.
Se quedaron solos Spade, Marlowe, Poe y Milagros.
Milagros, la mujer de negro, tampoco decía nunca nada. Era muy reservada. Todo lo que se le había escuchado en aquellas tertulias de los ACP hubiera podido memorizarlo un loro. No bebía alcohol ni refrescos ni agua, sólo un café tras otro. Se estaba con la espalda recta como una tabla, escuchando atenta, y moviendo la cabeza sin despeinarse. Aunque se la tuviera de frente, parecía de perfil, como las egipcias faraónicas. Hierática, con su cara fina, larga, pálida, con los labios descoloridos y unas ojeras como dos lirios para dos ojos de color azabache incógnita. Fumaba con la misma voracidad con la que trasegaba los cafés cortados, pero tampoco expulsaba el humo, se lo tragaba y parecía que se lo quedaba dentro por no llamar la atención. Vestía siempre de negro vernáculo, y nunca faldas, siempre pantalones, veranos incluidos, blusas negras, diademas negras y pañuelos oscuros. Sólo en los zapatos o en las sandalias se permitía agudas audacias, y eran éstos a veces de color crema, rosa o blancos.
