Eso en cuanto a su aspecto exterior, pero por dentro sólo perseguía una cosa: ser real, es decir, una de las heroínas de las novelas de su amigo. Si se lo hubiesen preguntado a Sam Spade, lo hubiese confirmado, porque era el único que lo sabía, y nadie sino ella llevaba peor el hecho de que toda la realidad que había en las obras de Spade se decantara siempre del lado de Dora, la mujer oficial, y no de ella.

Milagros había sido novia de Spade antes de que éste conociese a Dora de casualidad un día en la comisaría de la calle de la Luna y se casase con ella a los tres meses. No acogió ni mucho menos bien la noticia, pero acabó aceptándola. Después de aquella boda, Milagros, conocida en los ACP como Miles, en recuerdo del personaje de Patricia Highsmith, dejó de acudir al Comercial. Nadie le preguntó a Spade, porque todo el mundo sobrentendió que las cosas no debían de poder ser de otra forma. Pero cuando Dora y Spade se separaron, Miles apareció de nuevo. ¿La llamó Spade? ¿Se enteró la propia Miles, como esas golondrinas que llegan de África y van directas al nido viejo? Tampoco nadie se atrevió a preguntarle nada en la reaparición, si habían o no reiniciado la relación. El mismo hieratismo en ella, la misma indiferencia en él. Al salir del Comercial, terminada la tertulia, ella solía quedarse a veces con él. Otras, paraba un taxi con dos dedos en cuyas puntas ardía siempre un cigarrillo, y se metía en el coche sin decir nada ni despedirse de nadie. Se diría que hubiera querido aparecer y desaparecer como los espíritus. Y jamás una palabra de más, una broma, una frase de complicidad. Sofisticada y muda como una esfinge. Tampoco sabía nadie a qué se dedicaba. No trabajaba en nada. Vivía de rentas. Había estado casada con un hombre muy rico, pero su fortuna era propia, de familia.

– Paco, no tenías que haberte metido con Sherlock. Es muy buena persona.



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