Este Paco, no oído jamás en el Comercial referido a Spade, devolvió tono de intimidad a la conversación, un aire de familiaridad que extrañó a Marlowe y a Poe, porque igual que de las reuniones estaba excluida la política, todos allí se llamaban por el apodo, sin excepción, y muchos se trataban de usted, otra de las normas, raramente acatadas, de los ACP.

Sí, Sherlock era una buena persona, pero Spade no tenía la culpa de lo que había ocurrido con Espeja.

Se hizo un desmesurado silencio. Marlowe y Poe no se atrevieron a romperlo, y sólo Spade, al cabo de unos minutos, por animar el cotarro, preguntó de qué se hablaba antes de que se hubiese sabido lo de los guardias civiles en el Congreso.

– Fijábamos una vez más las reglas de la verdadera novela policíaca -dijo Poe tímidamente, como un alumno aplicado.

Para todos Poe era, antes de que se sumara a la tertulia, un estudiante como otros muchos que repasaba los temas y apuntes en una de las mesas del café, y al que a veces se veía hablando con una chica algo mayor que él. Se acercó a ellos una tarde y les dijo: Siempre hablan ustedes de novelas policíacas y a mí me gustan las novelas policíacas, ¿les importa que me siente a oírles?

Se quedaron al mismo tiempo sorprendidos y halagados de aquella buena disposición y de la naturalidad con que formuló el ruego. Sherlock preguntó, ¿qué novelas le gustan a usted? Poe, oyéndose tratar de usted, vaciló. No había leído muchas. El estudiante dijo la primera que se le vino a la cabeza: Los crímenes de la calle Morgue, y fue Spade el que le puso el nombre. Dijo, mire, aquí todos tenemos un nombre. A usted le vamos a llamar Poe, ¿le parece bien? Se da un aire romántico, tan pálido, tan delgado. ¿Y por qué no Dupin?, dijo Poe. ¿Prefiere Dupin?, le respondió reconciliador Spade. Poe se lo pensó bien y dijo, no, Poe está bien, me gusta.

Fue el primer neófito de su iglesia en todos aquellos años, nacido al menos de aquella manera tan espontánea, y se mostraron no sólo de acuerdo, sino encantados, sobre todo algunos como Marlowe o el propio Spade, ya que a ninguno de los ACP se le había pasado por alto la presencia de aquella joven bellísima que le acompañaba algunas tardes, extraordinariamente hermosa, como un ángel.



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