Se llamaba Hanna y era danesa. Ese día 23 de febrero no estaba con él. Poe la había conocido en la academia a la que iba entonces. Era una academia general y se encontraba justo encima del café, en el tercer piso. Después de trabajar en un banco, Poe preparaba su acceso a la Universidad. Hanna daba en la misma academia clases de inglés y era diez o doce años mayor que Poe.

A Spade le caía bien Poe. Le cayó también bien Hanna. Para ella no buscaron nombre. Nunca mostró interés en formar parte de los ACP y unas veces se sumaba a la tertulia y otras no.

El muchacho tenía en verdad un aire romántico, tan delgado, tan pálido, tan tímido. Era más bien alto, con el pelo muy negro, lacio y brillante. Lampiño y con las manos muy largas, surcadas por venas azules. Podrían haberle puesto Chopin en vez de Poe, y habría valido lo mismo. Hablaba con un hilo de voz y a veces tenía que repetir las cosas dos veces, porque la primera no se le oía, y esas repeticiones le daban un aire de mayor indefensión. Era también analítico y frío, y eso se veía cuando se abordaban en la tertulia cuestiones o enigmas policiacos. Era el primero en resolverlos o, si no, el que trazaba un ángulo de visión más original e inesperado.

– Bien-Spade carraspeó…

Se esperaba que dijese algo. Era una tertulia a la medida de Spade, y allí todo el mundo le respetaba como la incuestionable autoridad en la materia, lo mismo los miembros más antiguos que los más jóvenes.

Habló Spade durante un buen rato y al tiempo que eso le fue animando, hizo que se olvidase del altercado con Espeja y del mismísimo golpe de Estado. Incluso de que tenía que ir luego a ver a Dora. Esto, lo de las reglas de la novela policíaca, era fundamental, desde luego, y algo muy peliagudo, para establecer de una vez por todas, en los anales de la criminología, qué es o no un CP, o sea un Crimen Perfecto, dentro del género de las novelas policíacas, teniendo en cuenta que ellos se llamaban los Amigos del Crimen Perfecto.



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