
– Para empezar -sentenció Spade-, se aprende más de los asesinatos vulgares que de los maquiavélicos crímenes de Estado…
– Bien dicho -secundó Marlowe-. Sobre todo el día en que se está cometiendo uno muy gordo en España.
– Marlowe, no interrumpas -continuó Spade-. A menos que esté de por medio Shakespeare. Para el detective todos los crímenes son iguales, lo mismo que para el hepatólogo lo son todos los hígados. Los crímenes son siempre de lo más democrático. En cuanto te matan, eres un cadáver, y como cadáver todo el mundo queda bien. Mientras se está vivo hay que demostrar muchas cosas. Ahora, de muerto sabe hacer hasta el más tonto.
Spade, a lo grande, sintetizó para su exiguo auditorio las reglas de un CP.
– Todo el mundo sabe que la policía dice que no hay Crimen Perfecto, sino detectives descuidados o incompetentes…
Se acercó Tomás, el camarero:
– Vamos a tener que cerrar. Ha llamado el dueño.
– Pero media hora ya nos dejarán estar -sugirió Spade.
– Media hora sí, pero no mucho más. El dueño ha dicho que en el momento en que el café se quede vacío, aquí se cierra -admitió Tomás, quien bajando la voz pareció susurrarles-. Están diciendo que se van a sublevar todas las capitanías generales.
Spade desoyó el vaticinio y siguió con lo que estaba diciendo.
– Decía que los policías aseguran que no hay Crimen Perfecto para mantener el prestigio del Cuerpo, pero gracias a que existen crímenes perfectos, pocos, siguen cometiéndose incluso los que no lo son, que son la mayoría. A pesar de haber nacido todos para ser crímenes perfectos. No hay criminal tan tonto que cometa su crimen por deseo de terminar en la cárcel. Y gracias a que se producen crímenes perfectos, existe la policía, mucho más que como consecuencia de todos los crímenes chapuceros que ellos resuelven con tanta publicidad, publicidad que han aprovechado los novelistas para poner las cosas en su sitio, depurando, elevando y fijando la calidad y perfección de un crimen como un escultor clásico habría hecho con un canon de escultura.
