
No le gustó haberse recordado a sí mismo este último punto, cuando había dejado de ser novelista esa misma tarde y había renegado de todos los cánones que no le habían conducido a ninguna parte, y menos que a ninguna, al clasicismo.
– Bueno -continuó después de un carraspeo y de refrescarse la garganta con otro trago de gin-tonic. Le dolió algo al tragar. Quizá tuviese anginas de verdad.
– Primera norma…
Spade cerró el puño y disparó su dedo índice…
– …el lector y el detective deben tener las mismas oportunidades para resolver el problema. Eso es fundamental. Como ir a cazar. No se le puede esperar al zorro con la escopeta a la salida de la madriguera. Hay que dejarle libre. Lo mismo que a los toros. Si el problema fuese matar al toro, se le podría matar en los toriles. Pero los toros son arte, y la novela policíaca es un arte también, hoy el más sobresaliente en la literatura, según mi modesta opinión. Segunda…
Y el dedo corazón salió a hacerle compañía al dedo índice, que seguía rígido…
– …El autor no debe emplear otros trucos y astucias que los mismos que usa el culpable con el detective. Tercera -y el anular se sumó a los anteriores-: En la verdadera novela policíaca no han de mezclarse asuntos de amor. Faldas las que se quiera, pero amor, nada. Eso haría saltar por los aires el mecanismo puramente intelectual. Cuando hay de por medio un CP, hay que estar a lo que se está. Camas a discreción, pero nada de sentimentalismos.
Milagros rizó la boca en un pliegue de incredulidad y de sarcasmo, que Spade pasó por alto.
