Esta mera mención a un editor, le recordó el suyo con disgusto.

– La solución de los casos ha de ser realista y científica. Los milagros están excluidos de las novelas policiacas. En esto está de acuerdo hasta el padre Brown. Tampoco hay que buscar al criminal entre los profesionales del crimen. Lo que impresiona no son los crímenes cometidos por los hampones, sino por las damas de caridad o por el presidente del Tribunal Supremo o por una mosquita muerta o por un caballero de conducta intachable o por un cura, ahora que el padre Brown no nos oye. Un cura asesino es un buen tema. Yo tengo una novela en la que el asesino era un cura. La censura no la pasó al principio, pero la segunda vez dije que era un cura protestante, y no pusieron ningún inconveniente. Y es imperdonable que lo que durante toda una novela se ha presentado como un asesinato se convierta, cuando se acaba, en un accidente o en un suicidio. En ese caso el lector estaría en su perfecto derecho para denunciar al novelista por estafa o esperarle a la salida de casa y asesinarle a su vez. Importantísimo: el móvil del crimen ha de ser personal. Los complots internacionales y todas esas bobadas de 007 son cosa de tebeos, lo mismo que salvarle en el último minuto haciendo salir del tacón de su zapato un avión supersónico, con sauna y doce huríes del paraíso. Nada tampoco de usar trucos indignos. Nada de descubrir al protervo criminal por una colilla encontrada en el lugar del crimen, ni por falsas huellas digitales, ni porque el perro de la casa no ha ladrado, nada de hermanos gemelos ni de sueros de la verdad, nada de asesinatos cometidos en una habitación cerrada en presencia de un inspector de policía y desde luego, nada de criptogramas ni de jeroglíficos que se descifran en las trastiendas de una tienda de antigüedades en el barrio chino, nada tampoco de



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