
Spade después de esa parrafada bebió otro largo trago de su gin-tonic y Marlowe se arrancó con cinco o seis palmadas de aplauso, aprovechando las dos últimas, batidas con más fuerza, para atraer la atención de Tomás, a quien nada podía molestar más que se le llamase como a los serenos. Llegó refunfuñando y Milagros, cuando lo tuvo delante, pidió otro café.
– Hemos desenchufado la máquina. Se va a armar una buena y ustedes están tan tranquilos…
No esperó a que le dijeran nada, se dio media vuelta y se largó en dirección a la barra.
Spade agradeció con una reverencia la retirada del camarero y con una ligera sonrisa el favor de su público, especialmente el de Marlowe, a quien desde luego no aclaró que algunas de aquellas normas las había tomado del Código de Van Dim, a quien no citó por lo mismo que Virgilio no citaba sus fuentes. Pero al mismo tiempo no pudo evitar pensar que quizá aquella última sesión de la tertulia había sido el canto del cisne. Se puso ligeramente triste. Tristeza sobre tristeza. Espeja, ACP. Todo llegaba a su final. ¿Qué iba a ser de los ACP? ¿Qué iba a hacer él mismo? ¿Y si en España sucedía lo que en Chile? Novelas policiacas siempre tendría que haber.
