– Es sólo un momento, Modesto. Diez minutos. Siéntate. Tengo que acabarla hoy mismo. La están esperando. Necesito el dinero. Debo dos meses de alquiler y tengo que llevarle lo suyo a Dora.

Desde hacía dos años la mayor parte de las mujeres de sus novelas se llamaban Dora, como su ex mujer. O Dorothea o Dorothy o Dory o Dorita o Devora. A algunas les cambiaba el nombre luego, en pruebas. Pero el arranque era ése. Trataba de conmoverla, de seducirla de nuevo, de pedirle perdón por lo que le había hecho, de convencerla de que las cosas ya no volverían a ser como antes. A veces, como ahora, hacía que alguien la matase. Era una manera de decirle que estaba desesperado y que por amor era capaz de todo. Otras, la mandaba a la penitenciaría, pero por lo común la protagonista de sus novelas acababa perdiéndose sola, entre poéticas sombras, al encuentro de su propio destino, desilusionada por el trato que le daban los hombres, ninguno de los cuales estaba a la altura ni de su juventud ni de su belleza irresistible, a la espera del hombre de su vida, o sea, él, Francisco Cortés, que ya había sido el hombre de su vida, lo había dejado de ser y esperaba serlo de nuevo.

Destino era una palabra que le gustaba mucho a Cortés cuando escribía novelas, porque no había nada que hacer cuando aparecía por medio. Había que plegarse a ella y aceptarla, como ante el mismo destino. Paco, en cambio, no aceptaba que Dora le hubiera echado de su lado y se hubiese tenido él que ir de casa, a los dos años de casados. Por eso le gustaba tenerla cerca cuando escribía.

– Luego la terminas; vamos a llegar tarde -recordó Modesto, pero ni su voz ni su actitud querían apremiarlo.

Francisco Cortés leía distraído las últimas frases para retomar el hilo.

– Bien pensado -añadió Modesto al rato, en el momento en que su amigo comenzaba a aporrear el duro teclado-, lo mejor que tienen las tertulias es que a nadie le importa la puntualidad. La gente va, no va, y a veces incluso se muere y nadie se da cuenta hasta que pasan unos meses.



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