
– Por favor, Modesto, no seas cenizo. ¿Puedes callarte? Me distraes.
Modesto Ortega era un gran amigo de Paco. Era «su» amigo. Le había llevado como abogado la separación de Dora, pero se conocían de mucho antes, de cuando se fundaron los ACP. Tenía el despacho en General Pardiñas. Se ocupaba también de toda clase de asuntos civiles y penales. Asuntos menudos. Era una persona de aspecto serio, con un traje que parecía el mismo siempre, en invierno y en verano: no gris, no azul, no oscuro, no claro, no de lana, no de algodón, no de tergal, no de lino. O sea, un traje de abogado. Llevaba el pelo corto, a cepillo, completamente cano, y un bigote de pelos cortos, duros y tiesos que le crecían hacia adelante y le dejaban la boca como debajo de una marquesina. Las cejas, muy levantadas siempre, le daban un aspecto de asombro perpetuo. Movía el cuello a uno y otro lado igual que un mochuelo con golpes secos y precisos, muy vivos en una persona como él que estaba ya más cerca de los sesenta años que de los cincuenta. Para ser abogado no hablaba mucho. Escuchaba siempre como ido. Era también algo apocado, sin sangre.
– No entiendo cómo te has metido a abogado, Modesto -le decía de vez en cuando su amigo-. ¿Qué le dices al juez?
Definitivamente Delley estaba en un verdadero aprieto. Cercado, en una habitación de la que no podía escapar, como no fuese volando, o a través de las balas, y con la prueba, aquella maleta con el dinero, que culpaba al Gobernador, señor Austin, de la muerte de Dora, de la muerte de Dick Colleman, de la muerte de Samuel G. K. Neville y de la más desmesurada estafa de la que se tenía noticia en la ciudad de Detroit.
