
La policía respondió a los disparos y estallaron los cristales de otras dos ventanas.
A lo lejos, un perro ladró con furia; se oía el ruido sordo del tráfico pesado que discurría por Mile End Road, a una calle de distancia.
Los disparos se reanudaron.
Pitt era reacio a participar. Pese a todos los delitos que había investigado a lo largo de sus años en el cuerpo de policía, lo cierto es que jamás había tenido que disparar a un ser humano y la idea le producía un frío dolor.
En ese momento, Narraway corrió hasta donde se encontraban dos hombres, agazapados detrás de los carros; una bala se empotró en la pared, justo por encima de la cabeza de Pitt. Sin pararse a pensar, éste levantó el arma y disparó hacia la ventana de la que había salido la bala.
Los hombres que portaban el ariete habían llegado al extremo de la calle, por lo que quedaban fuera de la línea de fuego. Cada vez que una sombra se movía tras los restos del cristal de las ventanas, Pitt disparaba y se apresuraba a recargar su arma. Aunque detestaba disparar a personas, descubrió que sus manos estaban firmes y que lo dominaba una suerte de regocijo.
Calle arriba repiquetearon más disparos.
Narraway observó a Pitt, le lanzó una mirada de advertencia y recorrió el empedrado hasta donde se encontraban los hombres con el ariete. De una ventana de la planta superior salió otra lluvia de disparos que chocaron contra las paredes y rebotaron o se hundieron en la madera de los carros.
Pitt volvió a disparar y apuntó en otra dirección. Se trataba de otra ventana, desde la cual hasta entonces nadie había disparado. Vio el cristal roto, iluminado por el reflejo de la luz del sol.
Los disparos procedían de diversos lugares: la casa, la calle y el extremo de la vía. Un policía se dobló y se desplomó.
Pitt volvió a disparar hacia arriba, primero contra una ventana y después contra otra, dondequiera que veía una sombra en movimiento o un fogonazo.
