
Nadie se acercó al herido. Pitt comprendió que no podían hacerlo porque quedarían al descubierto.
Un disparo alcanzó el metal de la farola que se alzaba a su lado y produjo un intenso chasquido que le aceleró el pulso y casi lo dejó sin aliento. Afirmó deliberadamente la mano para el siguiente disparo, que atravesó la ventana. Su puntería mejoraba. Abandonó la protección de la farola y se dispuso a cruzar la calle para acercarse al agente caído. Se encontraba a veinte metros. Un nuevo disparo pasó por su lado y chocó contra la pared. Pitt tropezó y se dejó caer muy cerca del policía. El empedrado estaba manchado de sangre. Reptó el último metro que lo separaba del herido.
– Quédese tranquilo -aconsejó en tono apremiante-. Lo pondré a salvo y luego le echaremos un vistazo.
No sabía si el agente lo oía. Su cara estaba de un color blanco pastoso y tenía los ojos cerrados. Parecía rondar los veinte años y tenía la boca ensangrentada.
Era imposible que Pitt lo trasladase, ya que no se atrevía a incorporarse; si lo hacía, se convertiría en un blanco perfecto. Hasta era posible que, de rebote, lo alcanzase una bala disparada por uno de los suyos, que volvían a abrir fuego con presteza. Se inclinó, cogió al agente por los hombros, retrocedió torpemente y lo arrastró por encima de los adoquines hasta que por fin quedaron al amparo de los carros.
– Quédese tranquilo -repitió, aunque en realidad hablaba para sí mismo.
Comprobó sorprendido que el agente abría los ojos y esbozaba una débil sonrisa. Con sobresaltado alivio Pitt vio que la sangre de la boca manaba de un corte que tenía en la mejilla. Lo examinó rápidamente para averiguar dónde había sufrido heridas y taponarlas. Siguió hablando en tono suave y tranquilizador para ambos.
El agente había sufrido una herida en el hombro. Perdía bastante sangre, pero no era fatal. Probablemente al caer se había dado con la cabeza en los adoquines, lo que le había dejado sin sentido. De no haber llevado el casco habría podido ser peor.
