
Su situación actual era mejor, aunque supusiera permanecer en una calle fría junto a Narraway, a la espera de tomar por asalto una fortaleza anarquista. El momento de la detención jamás era sencillo ni agradable, ya que el delito suponía una tragedia para otro ser humano.
Pitt notó que tenía hambre aunque, por encima de todo, le habría apetecido beber una taza de té caliente. Tenía la boca seca y estaba harto de permanecer en el mismo sitio. A pesar de que era verano, a la sombra la mañana aún era fría. El empedrado seguía mojado por el rocío de la noche. Todavía no se había acostumbrado al olor rancio de la madera húmeda y las alcantarillas.
En los adoquines del otro extremo de la calle se oyó un ruido sordo y apareció un carro viejo, tirado por un caballo de pelaje grueso. Al llegar a la mitad, el carretero se apeó de un salto. Desaparejó al animal y dejó que se marchara al trote. Segundos después apareció otro carro parecido y se detuvo detrás. Ambos vehículos estaban ladeados.
– Correcto -musitó Narraway y se irguió.
Estaba muy serio. Gracias a la suave pero penetrante luz, cada pequeña arruga de su rostro era visible. Daba la sensación de que todas las pasiones que había experimentado a lo largo de la vida habían dejado su huella en él, si bien la impresión dominante que transmitía era de inquebrantable fuerza.
A lo largo de la calle se habían desplegado seis policías, la mayoría de los cuales parecían armados. Otros se habían situado en la parte trasera de los edificios y en los extremos de la calle.
Tres agentes avanzaron con un ariete para abrir la puerta por la fuerza. En ese momento se hizo añicos el cristal de una ventana de las plantas superiores y todos permanecieron inmóviles. Un segundo después sonaron disparos y las balas rebotaron en las paredes a la altura del hombro y por encima. Nadie resultó herido.
