
Pitt hizo lo que pudo con una manga del uniforme, que le arrancó y colocó sobre el hombro sangrante. Cuando terminó, cuatro o cinco minutos después, ya se habían acercado otros agentes a ayudarlo. Les pidió que retirasen al herido y cogió su arma. Se agachó y corrió hasta los que portaban el ariete en el preciso momento en que cedía el marco de la puerta que, al abrirse, chocó estrepitosamente contra la pared.
Nada más entrar había una escalera estrecha. Los policías subieron a la carrera, Narraway les pisaba los talones y Pitt se pegó a su espalda.
Más arriba resonó un disparo y se oyeron voces crispadas y ruido de pisadas; hubo más disparos a lo lejos, probablemente en el fondo de la casa.
Pitt subió los peldaños de la escalera de dos en dos. Al llegar a la segunda planta encontró una amplia estancia que, probablemente, en su origen eran dos habitaciones. Narraway permanecía de pie en medio de la luz intensa que entraba por las ventanas rotas. En el otro extremo se abría la puerta de la escalera que descendía hacia el fondo de la casa. Había tres policías con las armas a punto y dos jóvenes que permanecían absolutamente inmóviles. Uno de ellos tenía el pelo oscuro y largo y la mirada enloquecida. Sin la sangre y la hinchazón en la cara habría sido apuesto. El otro era más delgado, algo demacrado, con el pelo de color dorado rojizo. Sus ojos eran de un azul verdoso casi exageradamente claro. Aunque parecían asustados, ambos intentaban mostrarse desafiantes. Dos policías los esposaron violentamente.
Narraway volvió la cabeza hacia la puerta, junto a la que se encontraba Pitt, y en silencio indicó a los policías que se llevasen a los detenidos.
Pitt se hizo a un lado para dejarlos pasar y recorrió la estancia con la mirada. Con excepción de un par de sillas y de un hato de mantas apiladas en el otro extremo no había nada más. Los cristales de todas las ventanas estaban rotos y las paredes, acribilladas a balazos. Era todo lo que esperaba ver, exceptuando la figura inmóvil tendida en el suelo, con la cabeza en dirección a la ventana del centro de la estancia. La tupida cabellera de color castaño oscuro del hombre caído estaba empapada en sangre.
