Pitt se acercó y se arrodilló a su lado. Estaba muerto. En el suelo también había sangre. Lo habían matado de un único disparo. La bala había entrado por la nuca y salido por el rostro; su lado izquierdo estaba destrozado. El derecho indicaba que en vida había sido guapo. Su expresión manifestaba sorpresa.

Pitt había investigado muchos asesinatos, al fin y al cabo se trataba de su profesión, pero pocos habían sido tan sangrientos como ese. Lo único positivo de esa muerte era que debió de ser instantánea. Notó un retortijón en el estómago y tragó saliva para que la bilis no le subiese. Rezó porque el responsable de esa muerte no fuera uno de sus disparos.

Narraway habló con tono quedo a sus espaldas. Pitt no había oído sus pisadas.

– Registre sus bolsillos -propuso-. Tal vez tenga algo que nos permita saber de quién se trata.

Pitt apartó la mano del hombre. Era delgada, bien formada y en el anular llevaba una sortija de sello, un anillo caro, de excelente factura, seguramente de oro.

Pitt giró el anillo. Apenas tuvo que hacer esfuerzos para sacarlo del dedo. Lo estudió de cerca. El sello mostraba un escudo de familia y en el interior llevaba la firma del joyero.

Narraway extendió la mano con la palma hacia arriba. Pitt le entregó el anillo, volvió a agacharse ante el cadáver y registró los bolsillos de la chaqueta. Encontró un pañuelo, un puñado de monedas y una nota dirigida a un tal Magnus. El resto de la hoja no estaba, como si lo hubiesen utilizado para otro mensaje.

– «Querido Magnus» -leyó Pitt en voz alta.



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