– ¿Ha dicho mi hombre? -inquirió Narraway en tono seco-. ¿A qué hombre se refiere?

– Señor, ¿cómo quiere que lo sepa? -preguntó el sargento-. ¡Bajó corriendo la escalera, sin dejar de gritar que detuviésemos a alguien, pero no había a quién detener!

– Hemos encontrado a dos anarquistas vivos y a uno muerto -dijo Narraway con gran seriedad-. En la habitación había cuatro, tal vez cinco individuos, lo que significa que al menos uno de ellos ha escapado.

El sargento mantuvo su expresión seria, con los ojos azules como piedras.

– Si usted lo dice, señor… Pero no ha pasado por nuestro lado. Quizá ha dado la vuelta en la planta baja y ha salido por la parte delantera mientras usted estaba arriba, ¿no le parece, señor? -El sargento se expresó con cierto deje de insolencia. A algunos policías no les gustaba que los destinasen a realizar las detenciones que correspondían a la Brigada Especial, pero como ésta no tenía competencias para hacerlo no habíaotra solución.

– ¿Y si ha salido y ha entrado directamente por la parte trasera de otro de los edificios? -propuso Pitt rápidamente-. Será mejor que registremos todas las viviendas.

– Adelante -añadió Narraway secamente-. Mire en todas partes, en todas las habitaciones; bajo las camas, en el caso de que las haya; en los armarios, bajo los montones de basura o de ropa vieja y en los desvanes, aunque haya que entrar a gatas. Y no se olvide de las chimeneas.

Se volvió y caminó a lo largo del callejón, sin dejar de observar atentamente las demás casas, los tejados y las puertas. Pitt lo seguía pisándole los talones. Un cuarto de hora después estaban de regreso en la entrada principal de Long Spoon Lane. La luz del día era fría y gris y el viento que soplaba por el callejón cortaba el aliento. No habían dado con ningún anarquista escondido. Ningún policía de la entrada reconoció haber visto a alguien, haberlo perseguido por el interior del edificio o haberlo visto salir. El sargento que montaba guardia en la parte trasera no cambió una coma de su explicación.



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