Pálido y furioso, Narraway no tuvo más remedio que aceptar que quienes habían estado en la casa en la que yacía muerto Magnus Landsborough habían escapado.

– ¡Absolutamente nada! -replicó, desdeñoso, el joven de pelo oscuro.

Se encontraba en los calabozos de la comisaría, sentado en una silla de respaldo recto y con las manos todavía esposadas. La única luz procedía de una ventana pequeña y alta que había en la pared que daba al exterior. Solo había dicho que se apellidaba Welling; ni una palabra más. Tanto Pitt como Narraway habían intentado extraerle información acerca de sus compañeros, objetivos o aliados, así como del lugar en el que habían conseguido la dinamita o el dinero para adquirirla.

El otro, un hombre de piel blanca y con el cabello de color dorado rojizo, respondió que se llamaba Carmody, pero también se negó a referirse a sus compañeros. Ocupaba otra celda y, hasta ese momento, estaba solo.

Narraway se apoyó en la pared de piedra encalada, con el rostro fruncido de cansancio.

– Seguir con el interrogatorio carece de sentido -declaró en tono llano, como si aceptase la derrota-. Irán a la tumba sin darnos un porqué. No conocen su objetivo o no tienen. Podría tratarse de violencia ciega y gratuita.

– ¡Claro que lo conozco! -aseguró Welling con los dientes apretados.

Narraway lo miró y apenas manifestó interés.

– ¿Habla en serio? Usted acabará bajo tierra y yo seguiré sin enterarme -prosiguió-. Que usted lo sepa o no tiene muy poca importancia, ya que no quiere o no puede compartirlo con nosotros. La verdad es que se trata de una actitud bastante insólita en un anarquista. -Se encogió ligeramente de hombros-. La mayoría de los anarquistas luchan por algo y un gran gesto, como acabar en la horca, pierde su sentido si nadie sabe por qué van al patíbulo como las vacas al matadero.



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